Neurobiología de la honestidad II

Escrito por David del Rosario el 18 de diciembre de 2016

David del Rosario

Escrito por David del Rosario

hace 9 meses

Algunas preguntas para entrar en calor: ¿Te imaginas una persona que pasa sus días siendo deshonesta con ella misma, alguien que diariamente acudiera a un puesto de trabajo que no le llena, que compartiese espacio con una pareja a la que no ama o simplemente una persona que trata de esconder a los demás aquello que es, piensa o siente? ¿Te imaginas cómo sería un planeta repleto de personas deshonestas? Seguramente sus habitantes sufrirían accidentes de tráfico paranormales, tendrían profesores insensibles con perfil psicópata y las personas se jugarían el pellejo sin ton ni son. Menos mas que esto es ciencia ficción (aquí puedes encontrar la primera parte del artículo).

 

Accidentes de tráfico paranormales 

El científico Anthony Greenwald cita textualmente en un artículo publicado en los años 80 una serie de experiencias “paranormales” vividas por personas que habían sufrido un accidente de tráfico. La policía recogió en sus declaraciones la aparición misteriosa y repentina de una señal de stop o un poste de teléfono volador que se aproximaba a toda velocidad a la conductora sin que esta pudiera evitar la colisión. Ninguno de ellos había bebido o consumido sustancia alucinógena alguna, y además la segunda declaración corresponde a una profesora de literatura de renombre. Evidentemente, el equipo de atestados no requirió la ayuda de Iker Jimenez para aclarar los hechos. ¿Por qué personas sanas reaccionamos de esta forma?

Aunque pueda sorprendernos la respuesta, este comportamiento está íntimamente relacionado con las características de nuestra memoria. Bajo circunstancias en las que todo transcurre muy rápido o son de una intensidad considerable, como en un accidente de tráfico, nuestra memoria patina e inventa una historia que abofetea la realidad. Para sorpresa de muchos, la corteza cingulada anterior (nuestro detector de honestidad que funciona como un rociador de hormonas anti-incendio) no interpreta acto deshonesto alguno, por lo que nuestro corazón se queda tranquilito y no hay ni rastro de cortisol o testosterona en el torrente sanguíneo. ¿Y esto porqué?

Esto ocurre porque nuestro organismo tiene una idea de honestidad muy diferente a nosotros. La honestidad no tiene mucho que ver con los demás, o con la verdad, sino con uno mismo. Podemos estar contándole a un policía con todo lujo de detalles que el poste de teléfono vino volando hacia nosotros (me encantaría haber visto el rostro del agente) mientras nuestro detector de honestidad duerme la siesta. En otras palabras, cuando nuestra memoria es coherente con la versión que lanzamos al mundo el organismo no detecta deshonestidad alguna a pesar de que lo que contemos sea “mentira”. Por lo tanto, la honestidad para nuestro organismo no parece tener mucho que ver con la verdad.

 

Profesores insensibles con perfil de psicópata

Para conocer un poco más qué es la honestidad para el organismo, viajemos a nuestra época de estudiantes con nuestra máquina del tiempo cerebral. Estamos en la cantina de la universidad, con el sol de julio aún algo tímido, celebrando el final de exámenes tras recibir la última calificación que nos faltaba por saber. Suele ser habitual que parte del grupo de compañeros que han suspendido se muestren como víctimas de una injusticia, damnificados por un examen que salió despedido de la mente de un psicópata, mientras los que han aprobado mantienen la boca cerrada. Esta experiencia, que se repetía año tras año durante mi etapa de estudiante, coincide curiosamente con los resultados obtenidos por Robert Arkin y su equipo de investigadores de la Universidad de Ohio los cuales señalan que, ante un suspenso, tendemos a ver al profesor como un insensible lejos de asumir nuestro error. ¿Esto es honesto o no?

Para nosotros todo puede ser cuestionable. Con mucho menos montamos programas televisivos o iniciamos interminables debates, pero menos mal que la honestidad no es una batalla mental o intelectualIndependientemente de nuestra opiniónes nuestro detector de honestidad el que toma las decisiones, y él tiene muy claro lo que es un acto deshonesto y lo que no (imagino a una corteza cingulada anterior reflexionando horas y horas acerca de si algo es honesto mientras el organismo se encuentra en serios apuros). El alumno que pone “verde” al profesor comienza a percibir en su organismo síntomas fisiológicos deshonestos. Empieza la fiesta del cortisol y la testosterona aumentando en la presión arterialel ritmo cardiacola frecuencia respiratoria, la temperatura y experimenta una pérdida de empatía con el mundo.

Estas y otras investigaciones dejan entrever un mecanismo muy humano que tiene mucha guasa: achacamos nuestros éxitos a nuestro buen hacer y vemos los fracasos como fruto de la injusticia o de la “mala suerte”. Pero la cosa tiene más delito (ahora viene un punto que me encanta). Cuando se trata de los demás, entonces tendemos a pensar que sus logros se deben a la “buena suerte” y que el fracaso ajeno está relacionado con la falta de esfuerzo o directamente se debe a su incompetencia. Este comportamiento activa, la mayoría de veces de forma inconsciente, nuestro detector de honestidad como un martillo pilón.

 

Jugarnos el pellejo

Nunca lo habría imaginado: la deshonestidad puede poner en peligro nuestra integridad física. Los seres humanos somos capaces de jugarnos el pellejo para mejorar la opinión que los demás tienen de nosotros, aunque sepamos que esa “mejoría” no será más que una quimera temporal. Si nuestro objetivo es conquistar a una chica o a un chico, somos capaces de conducir a gran velocidad, sufrir trastornos alimenticios, pelearnos sin motivo aparente, comenzar a fumar, beber en exceso o ingerir drogas. El investigador Mark Leavy nos aporta evidencia científica de ello. ¿Qué tanto nos aporta la deshonestidad que parecemos adictos a ella?

 

Los límites de la deshonestidad

Hagamos la mochila, añadamos un saco y tienda de campaña por si acaso, para hacer una nueva expedición. Caminando por los límites de la deshonestidad encontramos el trabajo de Dan Ariely. Junto a un buen número de colaboradores diseñaron desde el MIT un experimento que consistía en entregar a cada participante una hoja de papel con 20 ejercicios matemáticos que todos ellos sabrían resolver con un tiempo limitado de cinco minutos. Dan y su equipo sabían que, en promedio, cada persona tendría tiempo para resolver únicamente cuatro problemas. Las condiciones del estudio se completaban informando al personal que se pagaría un dólar por cada problema resuelto y que no era necesario entregarle las resoluciones como justificante. Es decir, podías no resolver ningún problema y dedicar el tiempo hurgarte la nariz, acercarte al majo de Dan y decirle que habías concluido todos los problemas y recibir veinte dólares. En palabras textuales del investigador “vimos a mucha gente haciendo un poco de trampa”. Los participantes dijeron que resolvieron siete problemas de media.

Los experimentos de Dan se corresponden con mis estudios observaciones en el Lizarrán (un restaurante español en el que cada pincho contiene un palillo y te cobran en base a los palillos que presentes). Por termino medio, cada uno de mis amigos consumió cinco o seis pinchos. Sin embargo, el 90% de ellos llevó únicamente cuatro palillos a caja. Nadie llevó uno o dos: todos hicimos un poco de trampa pero no mucha.

Estos estudios, entre otros, indican que existe un límite en nuestro detector de honestidad. Este umbral es una línea roja que no cruzamos a la ligera. Esto quiere decir que nos llevamos prestados el jabón de los hoteles o alguna toallita, evadimos impuestos cuando llevamos el coche al taller, pero la mayor parte de las personas no cogemos dinero de la caja del hotel (aunque sea poco) o robamos un coche. ¿Qué aspectos son capaces de desplazar la línea roja que marca los límites de la honestidad?

El mismo grupo de investigación diseñó un nuevo estudio que aporta unas cuantas pistas al respecto. Cuando pidieron a los participantes que antes de resolver los problemas recordaran los diez mandamientos, de repente resultaron ser todos unos santos y resolvieron menos problemas de media. Engrasando los entresijos del experimento, algo me llamó la atención: no hubo diferencia entre creyentes y ateos o entre personas que recordaron los diez mandamientos o ninguno (el autor confiesa que nadie fue capaz de recordad los diez). Sin embargo, la línea roja que marca los límites de la honestidad se vio condicionada igualmente. Evidentemente, esto no resulta exclusivo de la religión, sino que con un hipotético juramento cualquiera a la constitución, por ejemplo, puede estrechar el límite que nos separa del acto deshonesto. La moraleja podría resumirse en que el umbral de honestidad depende de nuestros pensamientos y es fácilmente manipulable por terceras personas. 

Se que de esto ya hemos hablado pero es que me pirra. ¿Qué opinamos cuando los que hacen “un poco de trampas” son los demás? La cosa cambia y mucho. De modo inconsciente, justificamos evadir impuestos en el taller mecánico (es tanto de esperar como encontrar un póster de una mujer en cueros), o aceptamos incluir algo cuestionable en el currículum, pero si un político o un cargo público evade impuestos o falsifica algún documento es un corrupto y merece ir a la cárcel. El rasero de la honestidad es diferente si lo aplicamos a nosotros o a los demás.

 

Neurofisiología de la honestidad

Hemos hablado y mucho del acto deshonesto, de aspectos neuronales y fisiológicos… ¿Pero qué ocurre cuando somos honestos? Estudios conjuntos entre las universidades de Hardvard y California durante cuatro años, son rotundos y esclarecedores: la honestidad reduce el estrésralentiza el envejecimiento celularmejora la salud y nos hace más longevos. Estos efectos se deben a una hormona que habita los organismos honestos, la oxitocina, encargada de promover la saluddisminuir los niveles de cortisol y restablecer la tensión arterial a su curso natural.

 

Miedo a la honestidad

Muchas personas compartimos la extraña creencia de que si nos mostramos a los demás tal cual somos, haciendo uso de la honestidad, algo saldrá mal. Esta idea es el padre del cortisol y la testosterona, y para nada se corresponde con la realidad.

En los hospitales estadounidenses encontramos un buen ejemplo de ello. Alrededor de dos millones de personas se encuentran con problemas de salud graves, y cerca de cien mil pierden la vida a causa de errores médicos según los datos de un informe del Instituto de Medicina de USA (1999). Normalmente esto ocurre entre interminables jornadas laborales, donde los profesionales prescriben erróneamente un medicamento (sin caer en la cuenta de alergias o contraindicaciones entre fármacos) y realizan diagnósticos equivocados. Según el doctor Luis Rojas Marcos, quien de 1995 a 2002 dirigió el sistema sanitario neoyorkino, cuando los profesionales de la salud bajan del pedestal y exponen lo ocurrido a los pacientes con honestidad, las personas perjudicadas no sólo agradecen y aceptan sus disculpas sino que se interponen menos medidas legales por sus negligencias. En definitiva: no tenemos argumentos sólidos para temer a la honestidad, sólo alguna que otra creencia sin fundamento al respecto, y si muchos motivos para ser honestos.

 

La humanidad tiende a la honestidad

Para ser honestos no tenemos que esforzarnos. Cuando la cosa aprieta, o al menos eso concluyen un buen puñado de estudios científicos, los seres humanos tendemos a ser honestos incluso en situaciones en las que tenemos algo que perder. A pesar de estar en juego la propia economía de los participantes o su reputación social, muchas personas optan por la honestidad como forma de afrontar situaciones de vida complicadas. Nuestra programación genética se impone. El titular podría ser: la humanidad tiende a ser deshonesta en las cosas “poco importantes” y a ser honesta en las “importantes”.

 

El poder de la honestidad

Ante la honestidad no hay creencia, hábito o red neuronal que valgaNo hay excusasSer honestos nos convierte en organismos saludables y no por arte de magia sino por arte de ciencia. Con cada experimento, con cada línea, caemos en la cuenta de que nuestro organismo tiene una idea de honestidad muy diferente a la nuestra y llegar a este punto no tiene precio.

Este texto no pretende que nadie se haga una nueva idea acerca de la honestidad, sino que entendamos cómo ve la honestidad nuestro organismo, que aprendamos sus manías y cómo funciona, para que podamos vivir una vida en sintonía con él. Para nuestro organismo la honestidad no tiene tanto que ver con decir la verdad a los demás, más bien es un gesto de empatía con nosotros mismos.

 

Referencias

  • Greenwald, A.G., The totalitarian ego. American Psychology, 1980. 35: p. 603-618.
  • Rojas, L., Eres tu memoria: conócete a ti mismo. 2012, Barcelona: Espasa.
  • Arkin, R.M. and G.M. Maruyama, Attribution, affect, and college exam performance. Journal of Educational Psychology, 1979. 71: p. 85-93.
  • Rojas, L., La autoestima. Nuestra fuerza secreta. . 2007, Madrid: Espasa.
  • Leary, M.R., et al., Self-presentation in everyday interactions: Effects of target familiarity and gender composition. Journal of Personality and Social Psychology, 1994. 67(4): p. 664-673.
  • Ariely, D., Our buggy moral code. 2009, TED 2009.
  • Ten Brinke, L., J.J. Lee, and D.R. Carney, The physiology of (dis)honesty: does it impact health? Current Opinion in Psychology, 2015. 6: p. 177-182.
  • Light, K.C., K.M. Grewen, and J.A. Amico, More frequent partner hugs and higher oxytocin levels are linked to lower blood pressure and heart rate in premenopausal women. Biol Psychol, 2005. 69: p. 5–21.
  • Zhu, L., et al., Damage to dorsolateral prefrontal cortex affects tradeoffs between honesty and self-interest. Nature Neuroscience 2014. 17: p. 1319–1321.

 

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