¿Qué hace Internet con el cerebro de nuestros hijos?

Escrito por David del Rosario el 20 de diciembre de 2016

David del Rosario

Escrito por David del Rosario

hace 9 meses

El fenómeno de Internet ha cambiado por completo no sólo nuestras vidas, sino también la anatomía de nuestro cerebro. Vamos al cine por internet, estudiamos por Internet, llevamos los conciertos a casa gracias a internet o, incluso, ligamos y satisfacemos nuestras necesidades sexuales de forma virtual.

Un estudio realizado por We Are Social señala que un 77% de los ciudadanos españoles tenemos conexión a la red de redes. Aquí viene lo bueno: ¿cuánto tiempo le dedicamos? Pasamos diariamente 3 horas y 47 minutos al día de media conectados a la red con el ordenador a las que tenemos que sumar un par de horas más desde nuestro móvil. Esto hace un total de unas 5 horas al día conectados al ciberespacio, lo que se acerca peligrosamente a las 6 horas de sueño mínimas recomendadas. Si se cumple esta tendencia, en los próximos años dedicaremos más tiempo a Internet que a dormir.

Según la revista Nature el límite de la longevidad de un ser humano es de 125 años. Si a alguien le parece poco, que no se deprima o se ponga dramático. Hace 100 años también pensábamos que una persona media con suerte soplaría las velas de su 65 cumpleaños y mira ahora. Volviendo a lo nuestro, si tomamos una vida media de 91 años, los seres humanos pasaremos unos 17 años conectados a Internet a lo largo de nuestra vida. Si, he repasado el cálculo y es correcto. ¿Cómo influye pasar 17 años conectados a Internet en nuestro cerebro?

 

El cibercerebro

El cerebro de cualquier ser vivo es una huella dactilar única que cambia todo el tiempo, y su principal objetivo es ofrecernos un presente apetecible. Cada cosa que modifiquemos en nuestra forma de vivir o de pensar lleva consigo una modificación neuronal. De hecho, este cambio neuronal es lo que llamamos adaptación.

Por ejemplo, un taxista de Londres debe memorizar más de 25.000 calles distintas y 20.000 puntos de referencia en un periodo de 3 años para poder obtener la licencia. Según Katherine Woollett, neurocientífica de la University College London, este aprendizaje aumentó unos centímetros la materia gris en el hipocampo de los taxistas debido al enorme esfuerzo que tuvieron que hacer sus memoria. Si una vez ha conseguido la licencia el taxista se pone un GPS, en pocos meses su hipocampo perderá volumen, adaptándose a la nueva situación (muy similar a la relación ente nuestros músculos y el gimnasio).

¿Y por qué el cerebro no conserva un hipocampo musculoso? Muy sencillo. Mantener a un hipocampo culturista requiere energía, y si vamos a estar con el GPS el cerebro nunca va a malgastar su tiempo y dinero para que el hipocampo luzca músculos con el fin de seducir al lóbulo frontal. Ya que ha salido el tema, en el lóbulo frontal se registra cualquier cambio social, ya sea en nuestro grupo de amigos o en la forma de relacionarnos. Esto nos servirá para más adelante.

En el siglo XXI tenemos clarísimo que el cerebro es algo plástico. Si papá Noel nos trae un iPhone 7 (espero que me escuche desde aquí), y de repente comenzamos a pasar horas y horas con el teléfono móvil moviendo nuestros dedos a toda velocidad para escribir en el minúsculo teclado, la corteza cerebral nos echará humo. Un estudio desarrollado por investigadores suizos consiguió, analizando la corteza cerebral de las 37 personas que participaron en el experimento, saber el tiempo que dedicaban a su Smartphone. El impacto quedaba patente en sus cerebros.

 

El efecto Google

Una de las cosas que más a cambiado en mi día a día el uso de Internet es el señor Google. El señor Google te ayuda a terminar las frases, dejando al borde de la extinción a los “lo tengo en la punta de la lengua”. Internet se ha convertido en un descomunal cerebro externo. Desde que lo conocí, y mira que he sido de esos que han dicho “yo no quiero eso”, vivo en la nube.

Esto es el efecto Google. En la Universidad de Columnia, Betsy Sparrow (ya lo he investigado yo por vosotros y no es pariente del capitán Jack) ha realizado 4 experimentos con el fin de determinar el impacto del gigante Google sobre nuestro cerebro. Los conejillos de indias fueron sus pobres estudiantes, y les acompaño en el sentimiento porque a mi también me ha llegado a “invitar” a participar en un experimento la persona que unos meses después corregiría tu examen (y créeme que quieres tenerla lo más contenta posible y que le suene tu cara por si las moscas).

Que me voy por las ramas. La conclusión del experimento fue: para que voy a esforzarme en responder preguntas complicadas si está el señor Google. Sparrow había dividido a los alumnos en dos grupos. Al primero le pidió que respondieran una serie de preguntas más y menos complicadas, avisándoles que diez minutos después podrían usar Internet para responderlas. Evidentemente no les dejó y le retiró los formularios con lo que habían contestado. ¿Que qué paso? Su memoria se vio resentida. El segundo grupo, al cual no les dejó ni oler un ordenador, se esforzó más y respondió significativamente mejor a las preguntas.

Este y otros estudios advierten que el uso de Internet está cambiando las conexiones cerebrales relacionadas con la memoria a lago plazo (así a lo bestia hipocampo y la corteza cerebral). Muchas personas interpretan este hecho como que los jóvenes nos estamos atrofiando, señalando con el dedo a Internet com el verdugo de la memoria, pero lo cierto es que únicamente se está adaptando. La memoria nunca ha dejado de trabajar. Lo que ocurre es que en lugar de esforzarnos por introducir en la mollera información compleja, estamos optando por retener cómo hemos de llegar a la información compleja que necesitamos, llenando nuestro cerebro de direcciones web, nombres de foros o blogs interesantes (como el de Psiquentelequia).

 

El efecto Facebook

Robin Dunbar de Oxford llegó a la conclusión de que los cerebros que tienen más de 150 amigos en Facebook presentan a la vista de los escáners cerebrales un mayor volumen en zonas relacionadas con las emociones y las habilidades de comunicación (lo que hablamos antes del lóbulo frontal) {Dunbar, 2016 #199}. Lo curioso del tema, es que el cerebro parece tener un límite porque los que tenía 300 amigos no tenían el doble de volumen cerebral, sino el mismo. Al parecer la cosa influye hasta un límite.  De todos modos, como hemos mencionado al principio de este viaje neurocibernético, hace un siglo también los científicos pensábamos que el límite máximo en la esperanza de vida eran 65 y hoy ya vamos por 125 años. Con ello quiero decir de que nuestra capacidad de manejar más relaciones sociales muy probablemente aumentará. Así que tiempo al tiempo.

Dejando a un lado los amigos, a nuestro cerebro le pirran los me gusta”. Un cerebro que se conecta a Facebook y ve que su última publicación está rebosante de likes es un cerebro feliz. La investigadora Laura Sherman reunió en el departamento de Psicología de UCLA en los Ángeles a 32 usuarios de Facebook adolescentes y los introdujo con permiso en un dispositivo de resonancia magnética funcional. Al mirar dentro de sus cerebros vio como los núcleo accumbens de los jóvenes se iluminaban como árboles de navidad, cuando entre las 150 imágenes que les mostró aparecían sus publicaciones colmadas de “me gustas”.

Lo que nos interesa del núcleo accumbens (vaya nombrecito teniendo en cuenta de que lo podían haber llamado Paco) es que se encarga de activar el centro de recompensa del cerebro y hace que nuestro organismo se atiborre dopamina, generando una reacción neuroquímica similar a cuando nos comemos un Ferrero Roche o nos toca la lotería. ¿Un poco exagerado no? Para lo bueno y para lo malo, así es nuestro querido cerebro.

 

Internet está cambiando nuestra forma de olvidar

Escribir en la pantalla de un teléfono, utilizar el buscador de Google o hacer clic en algo que nos gusta, acabamos de descubrir que tiene un impacto sobre nuestro organismo. Esto nos puede sorprender más o menos, pero en realidad cualquier cosa que hagamos o pensemos con frecuencia, se representa de algún modo en nuestra estructura neuronal.

Todo los recuerdos que tenemos de cuándo éramos niños, nuestros primeros coqueteos en los campamentos de verano o el primer trabajo en el que nos explotaron, queda almacenado en algún lugar de nuestro cerebro (lo que hoy nos hace más tilín, es pensar que la información de la memoria se almacena en la conexión química que tiene lugar en la hendidura sinóptica al producirse sinapsis entre las neuronas). Ahora bien, la mayor parte de las cosas que pasan por nuestro cerebro las olvidamos. Y es que para nada queremos recordar que esta mañana nos hemos hurgado la nariz mientras estábamos parados en un semáforo.

Ahora bien, si sacamos un video de nosotros hurgándonos la nariz y la subimos a Facebook, la cosa cambia y mucho. Éste es un evento innecesario que vamos a recordad tanto nosotros como los miles de personas que lo vean debido a lo impactante de las imágenes (apuesto que tendrá millones de likes más que este artículo). La memoria de un ser humano medio es un abuelo senil controlado por el Alzheimer comparado con la memoria de la señorita Facebook, quien se está convirtiendo en una descomunal memoria autobiográfica externa para millones de personas.

El olvido es uno de los principales mecanismos del cerebro para construir un presente apetecibleNecesitamos hacer borrón y cuenta nueva cuando las cosas no salen como esperábamos, para poder comenzar de nuevo. El kit de la cuestión, es que pasamos de media entre 2 horas y 3 horas husmeando en los recuerdos de los demás o a generando nuevos recuerdos con la señorita Facebook; ahora una foto haciendo morritos y después mi opinión acerca de la situación política en España. Señoras y señores, Internet no olvida. Y los seres humanos necesitamos tener la posibilidad de olvidar.

 

Por que no debo tirar el ordenador de mi hijo por la ventana

Una socorrista, tras verter el producto químico equivocado en una piscina y provocar quemaduras leves en la piel de los bañistas, narró los hechos a los medios de comunicación con una mítica frase: ”la he liao parda”. Pues lo mismo está haciendo Internet con nuestro cerebro: la está liando parda.

Seguramente si eres padre o madre estarás pensando: “¡Dios mío! ¡Voy a dejar de leer este artículo y a salvar la vida de mi hijo!” y tengas ganas de entrar en la habitación y tirar los tres o cuatro ordenadores de media tenemos en casa por la ventana (no olvides los teléfonos). No lo hagas.

Claro que hay que explicarles lo que supone Internet a los jóvenes (aunque muchos de ellos se han dado cuenta de esto hace años), pero quédense tranquilos: Internet no está haciendo nada malo con el cerebro de nuestros hijos. Nuestro cerebro se ha adaptado a miles de cambios drásticos como Internet, por ejemplo al lenguaje o la escritura, y ninguno de ellos nos convirtió en idiotas. Al revés, nos han ayudado a desarrollar capacidades increíbles.

Internet no hará idiota al cerebro de sus hijos. Aunque es pronto para saber a dónde nos llevará el ciberespacio (que capacidades derivarán de estos cambios en la memoria, de la forma de olvidar o en los sistemas de recompensa), lo que si sabemos es que, en dosis adecuadas y siendo conscientes de lo que supone, el uso de Internet es altamente recomendable.

 

Referencias

  • Woollett, K.e.a., Acquiring ‘‘the knowledge’’ of London’s layout drives structural brain changes. Current Biology, 2011. 21(24): p. 2109 – 2114.
  • Ghosh, A., et al., Use-Dependent Cortical Processing from Fingertips in Touchscreen Phone Users. Current Biology, 2014.
  • Sparrow, B., J. Liu, and D.M. Wegner, Google Effects on Memory: Cognitive Consequences of Having Information at Our Fingertips. Science 2011. 333(6043): p. 776-778.
  • Dunbar, R.I.M., Do online social media cut through the constraints that limit the size of o ine social networks? R. Soc. open sci. , 2016. 3(150292).
  • Sherman, L.E., et al., The Power of the Like in Adolescence: Effects of Peer Influence on Neural and Behavioral Responses to Social Media. Psychological Science OnlineFirst, 2016.

 

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